Buscar este blog

30 de enero de 2014

CONTIGO

     Hoy ha faltado poco para que me atropellase un coche. Últimamente ando un poco ida, deambulando sin rumbo. Mis piernas caminan, mi boca habla, mis manos hacen y deshacen y, en contadas ocasiones, mi estómago se alimenta. Pero mi mente, ¡ay mi mente!... ésta está en otro lugar. Ella está allí donde esté él, en ese lugar donde no existe el tiempo, un refugio, mi refugio, nuestro refugio.

    A veces basta con un par de miradas, y eso es más que suficiente para perder el norte. Tan solo unos minutos y ¡bum!... tus manos solo piensan en tocarlo, tus labios en rozar los suyos… Él desconoce por completo el extraño efecto que sus ojos tienen, el poder de empequeñecer la distancia que nos separa, y es que con solo posarse unos segundos en los míos, nuestro refugio se achica más y más. Él ya no está en aquel rincón alejado del habitáculo, ahora puedo ver su rostro con más nitidez y ya no necesito intuir el color de sus ojos porque ahora puedo ver el verde aproximándose a mí con paso resuelto. La magia reductora actúa así de simple. Martes, dos miradas y el espacio se encoge. Miércoles, una conversación mundana acompañada de tímidas y fugaces miradas, y ya es un poco más pequeño. Jueves. Viernes de miradas, sonrisas y cruce de palabras, y el sitio mengua que te mengua. Sábado. Domingo. Lunes. Pasan unas semanas y ya casi puedes sentir el calor de la cercanía de su cuerpo, el olor de su ropa y prácticamente intuir como será la sensación al introducir los dedos de las manos entre sus cabellos. Él está aquí, tan cerca... conmigo, conmigo, conmigo…

     El coche frenó en seco, el conductor agitó sus manos y por el movimiento que su boca y sus muecas intuí que no debió decirme nada bueno. Supongo que tocó el claxon e imagino que no se trató de un pitido corto, pero lo cierto es que no oí nada, absolutamente nada… porque en éste mi refugio nada entra o sale, aquí no hay más que su respiración, el particular sonido que hace al beber y la calidez de su voz grave.

  Desconozco si él posee un espacio similar donde yo tenga cabida. Quizá no existe tal cosa o desgraciadamente lo ocupe otra. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo dar con la respuesta si soy incapaz de descifrar sus miradas y palabras? Tal vez un día deje de cobijarme en “nuestro espacio” y quizá entonces abandone esta zona de confort y decida lanzarme al vacío, arriesgarlo todo, como un ludópata que lo apuesta todo a un solo número y así, tal vez, consiga resolver el enigma que esconde su mirada. Pero mientras consigo reunir el valor necesario para hacerlo, así seguiré... con mi cuerpo caminando sin rumbo, felizmente despreocupado, mientras me recreo en nuestro refugio, el único lugar donde poseo la certeza de tenerlo aquí, conmigo.