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8 de marzo de 2014

LA DAMA OSCURA

El día que menos te lo espera la vida te da una bofetada. No sabes de dónde ha venido ni por qué te ha tocado a ti, pero ahí la tienes y, a partir de ese momento, todo cambia. La mía llegó un día caluroso de julio de la mano de un hombre ataviado con una bata blanca. De su largo discurso tan solo recuerdo una palabra: cáncer.

De aquello hace ya algún tiempo. Este es mi quinto mes en el hospital.

Aquí, el silencio de las noches es ensordecedor. En ocasiones escucho a la dama oscura, sutil y elegante, acercándose con paso sigiloso a otros enfermos. Me parece oír la respiración entrecortada de la despedida y el crujir de los cuerpos cuando los carga a sus espaldas. Con los ojos cerrados creo advertir su figura, parada frente a la puerta de mi habitación y entonces... contengo el aliento, como hacía de pequeña al jugar al escondite. Aprieto los ojos con fuerza y me refugio bajo la mágica protección de la sábana, esa que tantas veces me ha librado de todo tipo de monstruos. Esos segundos se me hacen eternos. Ella permanece inmóvil, recreándose en mi congoja. Hasta que, trabajosamente, arranca camino a su morada, llevándose consigo los pedazos de vida arrebatados. Así hasta su siguiente jornada de trabajo que, desgraciadamente, no se hace esperar mucho en este lugar.

De momento ella se mantienen al otro lado de mi puerta y espero que continúe respetando ese límite, absteniéndose de cruzar el umbral que nos separa.