Si vamos a hablar de cicatrices, hablemos de ellas.
En teoría una cicatriz es la restitución del espacio dejado por una herida con un tejido de diferente textura, produciendo una alteración permanente de la piel como consecuencia del daño y reparación de ésta.
En la práctica, mis cicatrices son algo más que piel nueva. Puedo apreciar su apariencia ligeramente distinta a simple vista. Con las yemas de mis dedos puedo notar su suave relieve.
Tengo miedo a que sean descubiertas, porque me temo que nadie, excepto yo misma, podría soportar su existencia y esa es la razón por la que las mantengo escondidas. De momento son mías y solo mías y no permito que nadie más las posea. Tan solo mis manos aceptan su tacto. Solo mis ojos toleran su escrutinio.
Trabajosamente he aprendido a convivir con ellas. Mi tolerancia ha ido aumentando con el tiempo, hasta el punto de olvidarme de su existencia, por momentos.
Mis cicatrices son, inevitablemente, parte de mí. Ahora lo sé. Soy consciente de que permanecerán conmigo, ancladas a mi piel, por siempre. Mis fieles y eternas compañeras y mi permanente tortura. Me atormentan cuando paso desnuda frente al espejo. Asaltan mis pensamientos cuando menos lo espero, alimentando así mi maldita inseguridad.
Debo confesarte que estoy en guerra con ellas. La nuestra es una batalla muda, ¡pero duele a gritos!... Intentan convencerme de que lo mejor será que me aleje de ti antes de que profundices más en mí, evitándote así la decepción que te provocaremos. Me repiten una y otra vez que ocultarlas y apartarme de ti será lo mejor y tal vez lleven razón... pero lo cierto es que contigo me siento especialmente camicace. De modo que éste es un fugaz acto de valentía.
Estoy permitiendo que te adentres allí dónde a nadie más le permito. Quiero que conozcas mis partes imperfectas y las inseguridades y miedos que las acompañan. Necesito que sepas de mis cicatrices, porque ellas me definen tal y como soy.
Lo duro de tener estas marcas en la piel no es haber sufrido la herida que las originó. El dolor se desvanece. Lo difícil tampoco es convivir con ellas, porque con el tiempo aprendes a sobrellevar su presencia y peculiar apariencia. Lo realmente doloroso es hacer saber que las tienes, hablar de ellas, porque en ese instante se hacen irremediablemente visibles. Así que supongo que ya no necesito desprenderme de la ropa hasta quedarme desnuda, desde este instante, con cada una de mis palabras, mi piel está quedando al descubierto para ti.
Soy consciente de que esta revelación es un arma de doble filo, en la que solo caben dos desenlaces y, ahora mismo, el temor a que se produzca el final no deseado se está apoderando de mí. Tengo miedo... y mi fata de confianza me aconseja que me aleje de ti para evitar la posible negativa. Así que voy a comenzar a dar pasos que partirán de ti hacia ningún lugar. Pasos que serán lo suficientemente veloces como para que me eviten percibir tu posible rechazo y al mismo tiempo lo suficientemente lentos como para que te permitan alcanzarme, en caso de que decidas aceptarnos, a mis cicatrices y a mí.
Si vamos a hablar de cicatrices, hablemos de ellas. Si vamos a hablar de cicatrices, hablemos de miedos. Si vamos a hablar de miedos, hablemos de nosotros.