Es miércoles 7 de agosto de 2013. Son las 12:45 y estoy sentada en la terraza del restaurante L´Eté en Pente Douce, en la Rue Muller, en París. Te preguntarás qué hago, sola, en un restaurante de Monmatre a estas horas. No, no estoy de vacaciones. Tampoco he venido a practicar el idioma. A duras penas puedo decir o entender algo más allá de: bonjour, comment allez-vous, café s´il vous plaît y au revoir. Y lo cierto es que no tengo especial interés en ampliar mi repertorio, ya que con manejarme con soltura en inglés me doy por satisfecha. De modo que no quedan muchas razones que expliquen por qué estoy aquí hoy, justo en este lugar y a esta hora.
El restaurante es muy colorido, aunque predomina el verde. Uno de esos locales que la gente suele denominar "lugares con encanto", no solo por la decoración sino por el entorno en el que se ubica. Desde mi posición puedo divisar el parque Louise Michel y un tramo de las largas y empinadas escaleras que lo atraviesan.
Todo comenzó el 16 de Marzo de este año, hace apenas unos meses. Ese fin de semana fui a Sevilla con un unas amigas: la sensata de Marta, la loca de Lidia y la siempre sentimental Sonia. Menudo cuarteto... Lidia conocía bien la ciudad, ya que hace dos años había estudiado un máster allí, así que se empeñó en organizar y celebrar mi despedida de soltera en la capital andaluza, alegando que conocía cuáles eran los mejores sitios para tapear, los locales más adecuados para ir de copas y los sitios donde ponían la mejor música. Llegamos el viernes por la noche y nos instalamos en el hotel Suit Alcázar, situado en pleno corazón de Sevilla, muy cerca de la catedral y otros lugares de interés turístico.
A la mañana siguiente me desperté temprano, sobre las ocho. Las chicas seguían durmiendo a pierna suelta así que pensé que lo mejor sería dejarlas descansar. De modo que me preparé y salí del hotel dispuesta a tomarme un café bien grande y una magdalena de chocolate, esa era mi meta. No me costó dar con un Starbucks. Seguramente habría muchas y buenas cafeterías donde tomarme un café, pero en mi mente solo podía visualizar las magdalenas de chocolate del Starbucks.
Mientras disfrutaba de mi desayuno pensaba en mi boda. Estaba a la vuelta de la esquina. En tres semanas pasaría a ser una mujer casada. La idea de compartir el resto de mi vida con el chico que conocí siete años atrás me producía una mezcla de sentimientos, a medio camino entre la felicidad y el miedo. Toda la vida. Toda la vida es mucho tiempo. Me despertó de mi letargo el sonido de llamada de mi teléfono móvil. Hablando del rey de Roma...
Mientras disfrutaba de mi desayuno pensaba en mi boda. Estaba a la vuelta de la esquina. En tres semanas pasaría a ser una mujer casada. La idea de compartir el resto de mi vida con el chico que conocí siete años atrás me producía una mezcla de sentimientos, a medio camino entre la felicidad y el miedo. Toda la vida. Toda la vida es mucho tiempo. Me despertó de mi letargo el sonido de llamada de mi teléfono móvil. Hablando del rey de Roma...
Una vez terminado el desayuno me dispuse a dar un paseo por los alrededores, visitar la catedral y hacer unas fotos aquí y allá... al fin y al cabo, era la primera vez que visitaba la ciudad. Caminaba tranquilamente por la Avenida de la Constitución cuando una gitana extendió una ramita de romero frente a mis ojos. Me quedé parada. El característico olor del romero invadía mis sentidos. De repente la mujer se plantó frente a mí, me sujetó el brazo y comenzó a hablarme con voz melosa. Conocía de sobra que se trataba del clásico truco para conseguir dinero de los turistas, especialmente extranjeros, pero allí estaba yo, plantada frente a la gitana y dispuesta a prestarle atención. No tardó en comenzar su estudiado discurso.
- No me rechaces el romero, niña, que no cuesta nada. Ésto te traerá suerte - dijo mientras me colocaba la ramita en la palma de la mano- y la suerte se paga con papel, niña.
-No... no tengo suelto -es lo único que atiné a decir.
De repente, aquella mujer me miró fijamente a los ojos, en silencio, mientras me cogió ambos brazos con los suyos. Permaneció así varios segundos y de pronto me soltó un brazo y me sujetó, con fuerza, la mano en la que yo sostenía el romero.
- Escúchame bien mi arma, porque lo que te voy a decir no es pa que te lo tomes a guasa.
En ese momento me quedé petrificada, como hechizada por aquellos ojos oscuros que se clavaban en los míos.
- Hoy va a ser un día muy duro pa ti -hizo una corta pausa y continuó-. No te vas a casar, ¿me estás oyendo?... no hay boda que varga. El moreno va a estirar la pata bien pronto. Pobretico mío... pero niña, la vida es así de puta. Vas a sufrir lo tuyo, pero quién no sufre hoy en día... El destino es el que manda aquí y ya ha decidío que tu corazón es pal rubio, no pa tu moreno. Si todavía no le has dicho hoy que lo quieres, llámalo y se lo dices, pero no te tardes, hazme caso niña. Dale a la criaturica el gusto de irse pal otro mundo son una sonrisa en la cara.
Mientras la gitana me decía todo esto yo pensaba en cómo podía conocer ciertos detalles de mi vida: que me iba a casar, que mi novio era moreno o que no le había dicho te quiero al hablar con él hacía un rato. Y, ¿qué era eso de que iba a estirar la pata? ¿qué locura estaba inventando?... Pero antes de que pudiera interrumpirla continuó con su retahíla, como si temiera parar y así perder el estado de gracia en el que se encontraba.
-¡Ah, el rubio!... Ahora sí que tienes que tener las orejas bien abiertas, niña, porque no voy a poder volver a repetirlo. El 7 de agosto, de este verano, tienes que estar, ¡como un clavo!, en un sitio que se llama algo así como lete en punte douce, en París, a la una de mediodía. Ese día, en ese sitio y a esa hora, ¡no te vayas a equivocar, niña!... Seguro que no te se olvida, tienes cara de buena estudiante... Él bajará las escaleras, te mirará y... bueno, el resto ya lo verás. Si no sabes bien hablar inglés, tienes de aquí al verano pa ponerte al día, porque ya te aviso que el rubio es guiri. Aunque seguro que ya sabes inglés, pero bueno, tú hazme caso de lo que te digo... -la mujer meditó apenas un segundo, como si le faltara algo que decir-. Ésto es lo que te tiene preparao el destino, niña. Ya verás como la pena que te va a llegar esta madrugá se irá pa siempre y más a partir de agosto.
Entonces la mujer me soltó la mano y yo pude arrancar a hablar, como si hubiera estado paralizada y de repente volviera en mí.
- No sé si esto le parece normal pero no tiene ninguna gracia... ¡Si lo que quería era que le diera dinero no tenía que liar tanto! -decía mientras me sacaba el monedero del bolso y buscaba entre las monedas, un euro- Vamos, mata hoy mismo a mi novio en su maravillosa visión de futuro y encima me dice que me tengo que plantar en Francia a conocer a no se qué rubio... ¡menuda adivina está hecha!, desde luego, ¡lo que es capaz de inventar para que la gente le de algo!... -mi enfado iba creciendo conforme escupía, una a una, todas la palabras que antes no había podido pronunciar.
Por fin encontré una moneda de euro y, cuando se la extendí, como minutos antes había hecho ella con la rama de romero, la mujer me sujetó la mano con contundencia y me la dirigió hacia el lugar de donde la había sacado.
- No quiero na, niña. Lo que te he dicho tenías que saberlo, ¿cómo iba a callarme algo tan gordo? No quiero tu dinero, lo que quiero que te acuerdes mu bien de toíco lo que te he contao.
- ¡Cómo si pudiera olvidarme de todas las barbaridades que ha soltado por su boca! -le increpé mientras continuaba en mi empeño de darle el euro.
- Guárdatelo, niña, ¡ya te he dicho que no lo quiero! -dijo empujando de nuevo mi mano hacia el monedero mientras daba un paso hacia atrás-. Los 73 euros con 86 céntimos que llevas en la cartera te van a hacer mucha falta esta noche.
Esas fueron sus últimas palabras. Dijo esto y se largó, con paso ligero, como el que advierte que alguien lo persigue. Yo me quedé allí plantada, en mitad de la acera de la avenida, con el monedero y la rama de romero en una mano, la moneda en la otra y sus locas predicciones vagando por mi mente.
A partir de mediodía mis amigas salieron del hotel y juntas continuamos con el paseo por la cuidad. Por unas horas conseguí deshacerme de la carga de las palabras que había pronunciado aquella gitana.
Llegó la noche y Lidia se puso al mando, llevándonos de aquí para allá, siguiendo el plan que había establecido semanas antes para decir adiós a mi condición de soltera. Lo pasamos realmente bien. Reímos hasta que nos dolió la barriga y brindamos cientos de veces, el motivo daba igual, porque cualquier excusa era buena para levantar las copas y gritar al unísono, ¡salud!
A las 12 de la noche me costaba mantenerme en pie...después de caminar todo el día, yendo de un sitio a otro y tras beber una más que considerable cantidad de alcohol, mi cuerpo ya no daba más de sí. En ese momento cogí el teléfono y lo llamé. De aquella conversación no lo recuerdo todo, aunque tengo la certeza de que repetí cada frase dos veces: una a velocidad normal y otra a cámara lenta, para vocalizar y que me lograra entender. Tras una larga conversación telefónica, un tanto repetitiva y sin demasiado sentido, atiné a despedirme con un te quiero.
Aún hoy no se explicar si lo llamé por propia voluntad o porque la semilla de la duda que plantó la gitana en mi cabeza esa mañana había dado su fruto. Sea como fuere, lo hice y me alegro de ello, porque a las 4 de la mañana, justo cuando acabábamos de poner los pies en el recibidor del hotel, mi teléfono comenzó a sonar. Aquella fue la llamada que anunció el acierto en las predicciones de la mujer del romero.
Poco después de que yo lo llamase, había cogido su coche. Volvía a casa tras cenar con unos amigos y cuando faltaban unos 15 Kilómetros para llegar, un conductor borracho se cruzó en su camino y ambos perdieron la vida en aquel instante.
Entre el taxi que me llevó a la estación de Santa Justa, el billete de Ave dirección Madrid y el sandwich con refresco que me forcé a comer antes de coger el tren, gasté 72,86 euros de los 73,86 que, tal y como ella bien sabía, llevaba aquel día en mi cartera. Tan solo me sobró un euro, ese que le ofrecí y que no aceptó.
Esa es la razón por la que hoy espero a un extranjero rubio, sentada, junto a una mesita, en la terraza de un restaurante de París.
Son las 12:56 y nadie baja por las escaleras. 12:57, nada. A las 12:58 una mujer sube y una pareja, cogidos de la mano, bajan por ellas. Son las 12:59 y no puedo retirar la mirada de esas malditas escaleras... ¿y si en esto se equivocaba?... Las 13:00 y entre las hojas de los árboles que flanquean las escaleras puedo ver las piernas de un chico. Viste vaqueros y zapatillas. Conforme baja yo subo la mirada. Camisa y chaqueta de piel marrón. Su pelo es... sí, es él. Lo sé. Me mira. Camina hacia mí. Sostiene la mirada. Él también lo sabe.