La luz de la mañana se cuela por los huecos de la persiana. Tenues puntos de luz se reflejan en las paredes y el techo, en la ropa que cobija nuestros cuerpos y sobre nuestras caras desnudas. El golpeteo de las gotas de lluvia en la barandilla de la terraza es un recordatorio de la noche de tormenta ya pasada.
Es de día aunque desconozco la hora exacta. Pero eso no importa, porque hoy es uno de esos días donde no existe el tiempo, donde no hay prisas ni horarios establecidos. Simplemente existe el ahora y el contigo.
Puedo notar el calor que proviene de tu cuerpo, que con un sigiloso movimiento has acoplado estratégicamente al mío. Tumbados. Tu respiración calmada susurrándome en el cuello. Escuchando la lluvia caer. Aun con los ojos cerrados puedo adivinar tu cara mientras duermes y los párpados que cómplicemente esconden los misterios de tus ojos verdes.
Ya no estás dormido, me lo ha anunciado tu aliento con su cambio de ritmo. Tu mano se abre camino entre la ropa de cama, eleva la sábana que cubría mi cintura y se coloca allí donde ésta estaba, relevándola de su posición, reprendiéndolas por ocupar el lugar que por derecho le corresponde a ella, a tu mano. Tus manos. Solo tus manos.
El insistente sonido de la alarma me trae de vuelta a la realidad. La luz entra, tamizada, a través de la persiana. La lluvia golpea con suavidad la barandilla. Pero tu cuerpo no está junto al mío. Tampoco siento tu respiración. Ni tu mano me acaricia. Solo somos el anhelo y yo.
Mañana te veré y mientras me hablas me permitiré el lujo de soñar despierta. Me fijaré en tus manos y las grabaré en mi mente, que sabiamente sabrá usar su imagen para situarlas en el lugar donde deberían estar, allí donde pertenecen. Mi cintura. Mi piel.