Soy una hoja mecida por el viento fresco del otoño. Pendo de un hilo, una sola fibra me mantiene sujeta al árbol. Soy consciente de que en cualquier momento puedo desprenderme y dejarme llevar por ese maravilloso vaivén, bailando al compás de su dulce y cálida melodía.
Soy tan volátil... ¡y al mismo tiempo tan feliz!
Murmuran acerca de los orígenes de este viento. Cuentan que ha visto y vivido aquello que, por mi escasa experiencia, desconozco y trae consigo elementos de los lugares por donde pasó. Pero todo eso no me importa. A mí me gusta este viento tal y como es, con todo lo que lo conforma y lo que lleva consigo. Lo recibo tal cual es, por completo.
Mi viento me balancea y me lleva de aquí para allá, me silba, me susurra y me roza con sus suaves y airosas caricias. No tengo miedo de desprenderme de la rama que me sujeta y dejarme llevar allí donde él quiera, perdiéndome en esa danza sin fin.
Mientras el resto de hojas permanecen impasibles, yo vibro alegremente, noto sus más poderosas ventiscas centradas en mí. Percibo su frescura y me recreo en la manera que me hace sentir.