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4 de febrero de 2014

AQUELLA NOCHE

       Me lo arrebató una mañana calurosa de agosto. No tuve tiempo de darle el adiós final, no pude verlo por última vez, sostener sus manos y decirle al oído cuanto lo quería. Solo puede llorarle, durante meses y confiar en que, desde donde estuviera, sabría cuánto le echaba en falta.

      Tras la despedida simbólica no pude pegar ojo. A penas si conseguía dormir más de cuatro horas seguidas, porque me despertaba a menudo, con sensación de angustia y el llanto contenido de quien teme romper a llorar desconsoladamente y ser oído en el silencio de la noche.

       Así fue durante casi un mes, hasta aquella noche, la noche en que todo cambió.

       Como ya venía siendo una rutina, me despertaba a horas intempestivas y tras dar una docena de vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño, me levantaba, daba un paseo por casa, abría y cerraba el frigorífico -sin la menor intención de comer nada- y vuelta a la cama. Aquella noche mi deambular nocturno fue distinto. Tras mi habitual visita al frigorífico decidí no volver a la cama y probar suerte con uno de los dos sofás del pequeño cuarto de estar, ese que prácticamente no usamos. La persiana estaba levantada a media altura, permitiendo que entrara la luz de la farola. Tendida en el sofá, contemplando la insípida vista de los tejados de los vecinos y el sofá que quedaba justo bajo la ventana de la habitación, pensaba en los meses de dolores, las dos operaciones y las largas estancias en el hospital por las que pasó, y me preguntaba si ahora seguiría sufriendo o, en cambio, habría hallado la paz. Cerré los ojos y comencé a llorar... ¡le echaba tanto de menos!... si tan solo pudiera verlo unos segundo y saber si está bien...

      Entonces abrí los ojos y allí estaba él, sentado en el otro sofá, con su inconfundible postura; una pierna flexionada y apoyada, a la altura del pie, sobre la otra pierna. Me miraba a los ojos y me sonreía. Ahí estaba mi abuelo, esa persona que me hacía sentir especial con un simple y cómplice gesto, arrugando su entrecejo y nariz, como a medio camino entre un guiño y una burla, que en ocasiones iba acompañado de un fea, al mismo tiempo que sus ojos del color de los caramelos de miel me decían claramente te quiero

      Esa es la última noche que vi a mi abuelo, a partir de la cual pude volver a dormir del tirón y en la que pudimos decirnos adiós... o mejor dicho, hasta luego. 

      A veces veo su figura pasar por la ventana que da al patio de casa -me consta que mi hermana y mi madre también lo ven-. No consigo oírlo, pero seguro que va silbando -como solía hacer cuando paseaba despreocupado-, con sus brazos cruzados por la espalda y disfrutando, como solo él sabía hacer, del patio, el sol, su gente y la vida que tanto amaba.

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