Miro las colillas tiradas en la calle y las envidio. A ellas al menos las tuvieron entre unos labios y, si hablaran, podrían asegurar que fueron deseadas. A mí, simplemente, me dejaron tirada.
El mejor consejo que se puede dar, y si estás leyendo ésto apúntalo, es el siguiente: no hagas planes. A ésto le añadiría: no esperes nada de nadie, jamás. Desgraciadamente la gente suele prometer a la ligera, diciendo que harán ésto y aquello... ¡pamplinas! Ya lo decía Mary Poppins: "promesas fáciles de hacer, fáciles de romper". Desgraciadamente, puedo dar fe de ello.
Hoy echo la vista atrás y me parece que todo fue un bonito y largo sueño que al final se terminó convirtiendo un una pesadilla, de la que afortunadamente desperté. De aquello no queda nada, excepto lejanos recuerdos de sentimientos que parecen no haber existido, de besos que considero que nunca me pertenecieron y de unos planes de futuro que, estoy convencida, no se habrían llevado a cabo... porque todo ha sido solo un sueño. Recuerdo levemente que en él era feliz y, sin embargo, no lo echo de menos. Lo lógico sería llorar, añorar aquello que tanto duró y tanto me gustaba; pero no hay lágrimas, ninguna. Pasan los días y el sueño se va desvaneciendo, se aleja...
Ahora puedo pensar en el hoy y en lo que vendrá mañana. Pongo la vista allí donde no hay nada planeado, donde no espero que se cumplan las promesas de nadie, donde solo hay incertidumbre y la burbujeante sensación de que lo mejor está por venir.
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