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13 de febrero de 2014

LOS SECRETOS DEL CAFÉ


Vamos de camino a casa de mis abuelos, casa que en su momento perteneció a mis bisabuelos. Aquí, en el pueblo, la mayoría de las familias compartieron techo con las generaciones posteriores y con ésta, la de mi familia, ha ocurrido lo mismo.

Mis bisabuelos consiguieron, no sin esfuerzo, comprar el terreno donde ahora se asienta. Según me ha contado mi abuela, no llegó a costar más de 3.000 pesetas de las de antes. Puede parecer poco, pero por entonces, allá por 1930 era una suma más que considerable y, más aún, para una pareja de campesinos. Conforme mi bisabuelo conseguía reunir el dinero proveniente de la cosecha de remolacha o de tabaco, daba un empujoncito a la construcción. El proceso fue lento. Primero llegó el esqueleto de la casa, luego el tejado, seguido de las paredes. Finalmente llegó el suelo, esas coloridas baldosas con dibujos que hoy en día son consideradas una joya centenaria del más puro estilo vintage y que mis antepasados lograron poner gracias al préstamo que los hermanos de mi bisabuelo le hicieron y que, religiosamente, él devolvió, peseta a peseta.

Hoy la casa consta de más dependencias que antaño. La parte principal de la casa la forman tres pequeñas y acogedoras dependencias, dos de ellas separadas por un pasillo. A un lado de éste está la habitación que un día fue el dormitorio de mis bisabuelos y que más tarde pasó a ser de mis abuelos. Al otro lado, la sala de estar, que hacía las veces de salón y de cocina, gracias a la chimenea situada en la pared del fondo. A ambos lados de la chimenea –desde hace más de 40 años inutilizada- encontramos dos puertas, desde las cuales se accede a dos humildes dormitorios.

La cocina y el baño se construyeron más tarde, como cuartos independientes a los que se accede saliendo de la estancia principal, recorriendo un pequeño tramo del patio. Ambos tardaron en llegar. Primero vino el baño, ya cuando mi padre y mi tío eran adolescentes. La cocina la hicieron unos meses después.

El patio es grande, casi tanto o más que la casa en sí. Es el lugar preferido por todos y supongo que en el pasado también lo fue. Da igual que sea verano o invierno, que llueva o haga sol, porque el patio es el mejor lugar para disfrutar en familia. Tengo miles de recuerdos asociados a este lugar: la gran higuera donde mi abuelo construyó  para nosotros –los tres nietos- un columpio –con cuerdas y una tabla de madera-; la pequeña –para nosotros inmensa- piscina de plástico que mi padre colocaba cada verano; las meriendas en familia bajo la parra –a veces acompañadas del drama provocado por la picadura de alguna avispa-; el ritual del almuerzo de los domingos con el asado de pollo de la abuela y el delicioso y ansiado postre; las gotas de lluvia golpeando los calderos estratégicamente distribuidos por el patio mientras nos resguardábamos bajo el techo de secadero de tabaco; el colorido y perfumado murete plagado de macetas que mi abuela siempre ha cuidado con ese don suyo para las plantas; y cómo no, los merecidamente penalizados paseítos que, mi hermano y yo, hacíamos entre las matas de tabaco que abarrotaban el secadero y que colgaban desde los palos del tejado hasta prácticamente el suelo.

Todos, en mayor o menor medida, hemos dejado un trocito de nuestra vida en esta casa. La hemos llenado con nuestros cuerpos y la hemos impregnado de conversaciones y risas. Le hemos dado alma y hoy se la vamos a arrebatar para siempre.

Me siento triste y, especialmente, furiosa. Mi padre y mi tío -con el visto bueno de mi abuela- han decidido deshacerse de ella, venderla a unos extraños que construirán en éste, su suelo, un edificio, uno sin alma. Mi hermano no deja de repetirme la maldita frase: no estás siendo razonable… No estoy siendo razonable, ¡no me da la gana serlo! Puedo entender que dada la situación económica que está atravesando la familia –mi tío parado desde hace más de un año y mi padre con su sueldo reducido en un treinta por ciento-, se tengan que tomar decisiones complicadas, pero no quiere decir que me tenga que resignar a la idea de perderla y aceptar, de buena gana, que dejemos ir una parte de nuestras vidas con ella.

Mis argumentos no han logrado convencer a nadie, ni tan siquiera a mi abuela. Ella, a pesar de suspirar a diario ay, mi casilla… No me hace ni caso cuando le digo, una y otra vez, que no permita que lo hagan, que se niegue. Y ella, con su santa e infinita paciencia, me repite que si tiene que venderla para que sus hijos y sus nietos no pasen penurias, lo hace. Según dice, ninguno de nosotros sabemos lo que es pasar hambre -como ella cuando estalló la guerra y en los años posteriores a ésta- y, que si lo supiera, entendería su decisión.

Así que aquí estamos, en la casa familiar, para coger uno a uno los muebles, cuadros, fotografías, macetas y recuerdos y llevárnoslos de aquí con toda nuestra pena.

Ya llevamos cuatro horas sacando cosas y cargándolas en la furgoneta. Parece mentira la cantidad de cosas que llegamos a acumular con el tiempo…  Ya solo nos queda la estructura de la cama que un día fue de mi padre. Mi tía abuela –siempre repetitiva- cuenta una anécdota sobre esta cama y el dormitorio de mi padre. La historia no es otra que el nacimiento del mi tío Pepe Luis. Mi abuela se puso de parto y para tal acontecimiento lo dispusieron todo en la habitación donde dormía mi padre –que por entonces tenía 5 años-. Al parecer, lo divertido de aquel día fue el momento en que, angustiado, mi pequeño padre preguntaba a mi abuelo dónde iba a dormir aquella noche, estando su cama tan sucia de toda la porquería que había traído su hermano. Según cuenta la tía Luisa, las risotadas de mi abuelo se escuchaban en todo el vecindario, mientras mi padre seguía desconcertado, preocupado porque seguía sin saber donde iba a dormir y además no entendía el motivo de las risotadas de su padre.

Mi papá se acaba de marchar de su habitación llevándose con él el último recuerdo de su vida aquí, las patas de su cama, ya desmembrada. Ha intentado disimular –como es habitual en él- fingiendo que algo se le ha metido en el ojo. Captado, señor acero, no he visto nada…

Camino por la estancia, por última vez. Es tan luminosa… y ahora me parece mucho más grande. Algo acaba de crujir bajo mis pies. Parece una baldosa suelta. Echo la vista al suelo, me agacho y en cuclillas alcanzo a tocar con mi mano ese cuadrado de colores. Sí, efectivamente, es una baldosa suelta. Justo bajo el lugar que ocupaba la cama, por eso habrá pasado inadvertida todo este tiempo. Consigo sacarla completamente de su sitio y, para mi sorpresa, hay un hueco en el suelo. Es un agujero no muy profundo. Parece que hay algo que está cubierto por un puñadito de tierra de maceta. Qué raro… Aparto la tierra con los dedos. Esto es… una lata. Es de color marrón clarita, con un estampado en tonos marrones en los laterales y en letras dice: “Pastillas de café y leche. Solano. Casa fundada en 1850. Logroño. España”.

Me siento en el suelo. Ahora soy como un niño el día de reyes o como el explorador que acaba de hallar un tesoro. La curiosidad es más fuerte que mi conciencia y me siento tentada a abrirla. Pero… tal vez debería esperar y preguntar a mi abuela si es suya. Porque si es de ella, no debería abrirla… sería como cometer un delito contra el derecho a la intimidad, ¿no?... Bueno, ¡hablar de delito es exagerar! Es una acción sin maldad alguna, ¡no hay nada oculto o perverso en el hecho de abrir una lata que encuentras!... ay, no sé qué hacer… ¿la abro o no la abro?

Ya está. Lo he hecho. Ya no hay marcha atrás.

Dentro hay lo que parecen sobres amarillentos muy bien envueltos en plástico transparente. Y ahora qué…¿quito el plástico o vuelvo a cerrar la lata y hago como si no la hubiera abierto?...

¡A la mierda! Ya que he llegado hasta aquí, tengo que seguir. Mi hermano siempre me reprocha que deje las cosas a medio hacer, que nunca termine nada de lo que empiezo. Que se fastidie, ¡no lleva razón!

Deslío el plástico, con mucho cuidado para evitar espurrear los sobres por el suelo. Meto el plástico en la lata de cualquier manera. Me concentro en ojear esos viejos sobres, porque es evidente que lo son. Los cuento. En total hay dieciséis, todos abiertos y con papeles dentro. Doy la vuelta al montoncito de sobres y observo con detenimiento los anversos. Son sobres de correspondencia. En la esquina superior puedo ver escrito el nombre y los apellidos de mi abuela, en todos y cada uno de ellos. La caligrafía es suya, de eso no me cabe la menor duda. En la parte central de los sobres hay un nombre y dirección postal escrita. Me llama la atención la provincia: Toledo. ¿Toledo?... hasta dónde yo sé mi abuela no conoce a nadie de allí y con toda seguridad puedo decir que no ha visitado la ciudad. Siempre que mi primo se queja de que no puede permitirse viajar a éste o aquel sitio mi abuela siempre le protesta diciéndole que lo más lejos que ella ha ido es a Murcia y no le ha pasado nada y ahí se acaba la discusión.

Escucho a mi padre y a mi tío hablar. Sé que vienen hacia aquí porque cada vez los oigo más cerca. No dispongo de mucho tiempo. Tengo que esconder estas cartas antes de que las descubran, ya las leeré cuando esté a solas. Las meto en mi bolso, junto con la lata. ¡La baldosa!... La coloco rápidamente en su sitio.

Ya están aquí. ¡Uf!, qué poco ha faltado…



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